El tiempo, Pablo, René, la (in)justicia, los discursos

rene-gonzalez

“Quince años en la vida de un ser humano es mucho tiempo”

Esta nota –o este artículo, o como quiera llamársele– ha estado dando vueltas en mi mente –o en mi corazón, como también pudiera decirse– durante algún tiempo. El tiempo mismo, como se verá, es uno de sus protagonistas principales, junto a otros que se adelantan en el título o que aparecen, de alguna manera, a lo largo del texto.

Lo escribo ahora, ya finalizando este domingo laborable, para saldar deudas con mis órganos citados, con un amigo a quienprometí acabar de escribirlo y, sobre todo, con los cinco hermanos de quienes se habla en el texto.

Las más recientes acciones desarrolladas en estos días para dar nuevos impulsos a los esfuerzos múltiples que se realizan –en Cuba y en otras partes– con el fin de lograr la excarcelación de los cuatro luchadores antiterroristas cubanos que se mantienen en cárceles norteamericanas han sido quizás el detonante final para redactar estas líneas. Desde ellas quiero contribuir modestamente a esa tarea de tantos y de tantas, subrayando elementos claves que tienen un peso ya insoportable en esta historia (como el paso del tiempo) y señalando aciertos y errores en esta trayectoria de acciones que también ha cumplido sus quince años de edad.

Para iniciar el tema del paso del tiempo, quiero citar esta frase reciente de René González Sehwerert, quien ha continuado en la lucha por la liberación de sus hermanos después que él mismo cumplió más de una década de injusta prisión. René ha dicho: Quince años en la vida de un ser humano es mucho tiempo.

Para mí, la referencia más impresionante y cercana sobre el impacto que supone permanecer largo período de tiempo en prisión venía –antes de ir conociendo, en estos años, la situación de los Cinco– de Pablo de la Torriente Brau. En el capítulo titulado “Iniciación” de su extraordinario libro de testimonios Presidio Modelo Pablo comienza contándonos lo siguiente:

Una vez, cuando yo era niño, allá, en El Cristo, en Oriente, un hombre mató a otro de una puñalada. (…) El recuerdo se remonta a los días más remotos de mi infancia, cuando yo aprendía a leer, y tenía un flamboyán en el patio, y un perro negro que me encontré en el camino un día, cuando iba a la escuela… Pero el pueblo era muy chiquito, y un hombre muerto por otro parece que era algo muy importante entonces… también… Por eso, todo aquel día, y todos los muchos días después, todo el mundo hablaba del muerto, que era «un pobre» y del matador “que iría a Presidio”…

(…)

Después, no se habló más ni del muerto ni del matador. Un tiempo después, un día llegó un periódico de La Habana, en donde se decía que habían condenado a cadena perpetua al que mató a su amigo… (…) Por todos estos recuerdos singulares, desde muy temprano en mi vida tuve yo una noción, aunque fuera vaga, de lo que era el Presidio.
Y un día yo también fui a Presidio. Fui con un grupo de compañeros que luchábamos en una causa común contra la tiranía y la explotación. Algo, que ya tengo escrito, me ocurrió. Debo contarlo aquí también.

Un día, hablando con un preso viejo, que tenía la costumbre maniática de ir contando los días que le faltaban por cumplir, de pronto todos aquellos recuerdos de mi infancia volvieron a mi imaginación, con esa claridad extraordinaria y casi maravillosa que da la distancia en el tiempo…

Aquel viejo que me hablaba era aquel joven que había matado cuando yo era niño… Cuando no habían tumbado el flamboyán del patio y, por la carretera, jugando, ladraba a mi carro de cuatro ruedas, León, aquel perro negro que fue mi primer amigo en el mundo…

Y, aunque casi  –no sé por qué– me dio alegría encontrarme a alguien de entonces, aunque tenía ganas de evocar mis días en aquel pueblecito querido, y aunque el hombre ya estaba casi insensible, algo instintivo me impidió decirle que yo lo conocí desde aquella vez en que él había matado a su amigo, en aquella madrugada… Lo que me contuvo no fue su vida, sino mi vida. Mientras él vino para el Presidio, yo, en veinticinco años, había aprendido a leer, había ido a Santiago, a La Habana, había estudiado, había trabajado en un ingenio, había tenido novia, me había casado, había escrito un libro, tenía amigos, tenía perros…

Yo había vivido durante esos veinticinco años, de los cuales él sólo conservaba la costumbre maniática de ir contando los días que le faltaban para volver a la vida… ¡Veinticinco años!… ¡Yo, vivo, y él muerto!…

(…)

A nosotros nos llevaron allí por criticar y combatir las injusticias y los horrores del mundo libre. A nuestra salida no podíamos dejar de criticar y combatir las injusticias y los horrores aún mayores que comprobamos en su interior.

(…)

Entramos casi alegres y salimos con la conciencia abrumada.

Por eso este libro empieza como empieza y termina como termina.

Las coincidencias, similitudes o diferencias no son importantes para lo que quiero decir ahora.

En todo caso, los Cinco fueron injustamente condenados por defender los mismos valores que Pablo defendió casi un siglo antes. Pero yo me refiero al paso del tiempo y a la frase de René: Quince años en la vida de un ser humano es mucho tiempo.

Lo que todos ellos han hecho desde el desproporcionado encarcelamiento tampoco resiste comparación alguna con aquel encuentro de la anécdota de Pablo: los Cinco han difundido su verdad por todos los medios y todas las vías posibles: han hablado, escrito, dibujado, contado –incluso cantado, en la soledad y el aislamiento– a favor de la verdad y de la justicia. Y de la belleza.  Pero yo me refiero al paso del tiempo y a la frase de René: Quince años en la vida de un ser humano es mucho tiempo.

¿Qué es posible, qué es necesario entonces hacer ahora?

Creo que acciones como la de las cintas amarillas, la canción recuperada para esta lucha y la alocución de René que llamó a realizarlas pueden ser excelentes ejemplos: novedosos, creativos, vivos, participativos,  antirretóricos.

En su alocución televisiva René comenzó pidiendo “excusas por irrumpir en este momento”, sabiendo “lo que significa este espacio para la familia cubana” y prometiendo brevedad “para que esta alocución llegue a la mayor audiencia posible”.

Pidió que el cariño del pueblo fuera el protagonista de esa jornada: “yo he tenido ocasión de sentirlo, de vivirlo, de palparlo, de experimentarlo en las calles de Cuba”. Y pidió que “ustedes lo hagan de la forma en que quieran, con toda la diversidad que nos caracteriza como cubanos”: “lo más importante es que cada uno de ustedes se una a esas iniciativas a su manera, de la forma en que considere que puede hacerlo”.

Las cursivas de las frases anteriores son nuestras, pero creo que el sentido y el propósito que se subraya están en las palabras de René: privilegiar la creatividad sobre la rutina, confiar en la imaginación de la gente antes que fabricar, en moldes, las consignas previstas (y reproducidas hasta la saciedad) sobre este y otros temas de la sociedad cubana.

Poco después, en una de las múltiples actividades culturales que se realizaron en aquellos días, le escuché decir también a René que el tema de los cinco debiéramos sacarlo más allá de los eventos (que cumplen, es cierto, otras funciones difusoras); sacarlo incluso, dijo, “de estos salones, y llevarlos también directamente a las gentes, a las calles”, como la actividad a la que lo había invitado un grupo de choferes aquella mañana, para conversar sobre el tema de la liberación de los hermanos encarcelados.

Entre los diversos comentarios que esta jornada y esta alocución generaron en los medios digitales, encontré este fragmento que cito a continuación, del joven periodista y bloguero Carlos M. Álvarez. Como comencé citando al (siempre) joven periodista Pablo de la Torriente Brau, no me parece mal incluir también en esta nota, como parte del dialogo, la impresión que comunica este joven sobre el tema que comentamos aquí:

La propuesta de René González es, en principio, sensata, quizás la propuesta más sensata con que a nivel propagandístico haya contado esta cruzada.

(…)

Yo comprendí –echando a un lado mi creciente escepticismo– que la propuesta de René González era una propuesta genuina cuando encontré a un par de delincuentes de Centro Habana  –que no tienen nada que perder, y por lo mismo nada que simular– vestidos de amarillo sin que implicara un homenaje a Oshún. Las mulatas con felpas y blusas desbembadas. Los hombres con camisetas sobre lo justo, camisetas con 69s en el pecho y letreros De Puta Madre. Pero este detalle exótico sabremos perdonarlo.

Hablando de autenticidades y de las sorprendentes, maravillosas cosas aparentemente contradictorias que la vida es capaz de mostrarnos en cualquier momento, la mención anterior me recordó inmediatamente una anécdota de signo parecido: en el concierto deSilvio en el barrio de La Hata, en Guanabacoa, vi cómo una persona de características físicas aparentemente similares a las descritas más arriba se enternecía (¡y cantaba!) la canción del enanito de Silvio, después de advertirle, sonriente, a la mujer que le acompañaba: “Esa es la mía, mami”.

Para cerrar este breve paréntesis sobre la complejidad insondable del ser humano, de la gente y de los conjuntos que integra, vuelvo a una cita de Pablo de la Torriente Brau, escrita nada menos que en medio de la Guerra Civil Española: “Porque, claro, el pueblo, además de ser en sí, por grande, como el mar, una cosa abstracta, es una cosa concreta, la más concreta de todas las cosas humanas, sin duda.  Y no se moviliza por obra de ningún misterio, sino por el movimiento de sus propios resortes, de sus órganos vitales”. Otra lección vigente, actual, de Pablo, quien, estoy seguro, sería un inquieto e inquietante bloguero de nuestros tiempos actuales: arriesgando criterios, equivocándose y acertando. Como debe ser.

El joven bloguero actual también adelanta su opinión sobre las posibles consecuencias de esas virtudes que hemos señalado en el discurso político de René sobre el tema que estamos abordando:

Como yo lo veo, la alocución de René González ha puesto en entredicho a más de un entusiasta de la angustia. Ha puesto en entredicho a decenas de bien intencionados, los cuales no han aprendido aún que su solidaridad no puede ser manifestada del modo que hablan los políticos, porque eso no es solidaridad, es política.

Como subrayé en el párrafo anterior a esta cita, creo que la alocución, el discurso de René, es político. A mi modo de ver lo que se necesita es que el discurso político se proponga y alcance –siempre o en la mayoría de los casos– ese nivel de comunicación natural, espontánea, respetuosa del tiempo, la inteligencia y las capacidades ajenas (las de las individualidades que forman el pueblo) que logró en el caso de esta jornada de cintas amarillas un alto grado de eficacia. En los momentos y las circunstancias en que vivimos esa no debía ser una aspiración menor para quienes tengan a su cargo responsabilidades en las diversas instituciones e instancias del país.

El propósito y la estrategia de este momento en la lucha por la liberación de nuestros compatriotas están dirigidos –como se explicó a lo largo de toda esta jornada– a intentar que el pueblo norteamericano conozca que se cometieron irregularidades inadmisibles para el sistema judicial de su país y que esos hombres fueron condenados a penas absolutamente desproporcionadas sin que existieran evidencias para los supuestos delitos que se les imputaron. Por ello esta jornada ha constituido “un mensaje del pueblo cubano al pueblo norteamericano a través de un símbolo que para el norteamericano medio es un símbolo de amor, es un símbolo de cariño y es un símbolo que ellos lograrán entender en su idioma”.
En estos momentos sólo una conciencia extendida ampliamente dentro del pueblo norteamericano sobre este tema puede propiciar su exigencia ante el gobierno de su país para lograr que el Presidente haga uso de las facultades de que dispone y poner fin a esta injusta y prolongada situación.

Quince años en la vida de un ser humano es mucho tiempo.

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