Militantes contra disidentes. El arte del serrucho

El fallido discurso musical de Robertico Carcases decía “Ni militantes ni disidentes todos cubanos con los mismos derechos” No es el único que nos clasifica así. Recientemente un joven bloguero igualmente separaba a los cubanos en esa clasificación infeliz. Una escisión intencionada que comienza a tomar fuerza en las voces de unos ¿ingenuos? Y otros venenosos. Militantes y disidentes, nueva matriz de opinión en los discursos de los aspirantes a serruchos. 

La máxima de un serrucho es: Divide y vencerás… chiitas o sunitas, kurdos o árabes, manzanilleros o bayameses, santiagueros o industriales, reorientados o académicos, Montescos o Capuletos  en fin son muchos las fronteras, los fronterizos y la mala fe.

Militancia y Disidencia son etiquetas y conceptos manipulables, usados a gusto del consumidor, son palabras que se llevan en los bolsillos para sacarlos de vez en cuando, cuando hace falta rasgarse la camisa, salvarse de una amenaza, amenazar a un acechante, cargar discursos demagógicos y, últimamente, para proponer cismas entre los criollos. Palabras que se cuelgan en las camisas como medallas o se rotulan en el carné de un delincuente común devenido en cuentapropista de la “democracia”. Ambos términos no son antónimos, ni están en aceras contrarias. Se puede ser  al mismo tiempo militante y disidente.

Militante comunista y disidente, ambas cosas. Normal, sin conflictos, no hay una explosión, ni una reacción en cadena de antimateria. no es una cuestión de términos sino de terminadores, esos que están trabajando, voluntarios o pagados, con el fin de dar fin  de una vez por toda con la revolución cubana, su historia, sus líderes, sus defensores fomentando una división que ahonde artificialmente las diferencias y genere hasta una revuelta fratricida.  Para ello, esos malos bichos tergiversan, en su propaganda y su discurso la contradicción de la sociedad cubana y sus componentes.

Cuba un archipiélago en constante debate popular  
Como una sociedad en tránsito, los cubanos vivimos conflictos diversos. Reconocemos y comprendemos esos conflictos y los desarmamos concienzudamente en piezas pequeñitas los compartimos con nuestros coterráneos, los engranamos en el sistema social, o en esa parte o fragmento de la estructura social donde  nos alcanza el brazo y la voz (la asamblea de barrio o el periódico local) estos conflictos son determinantes para mantener viva y en movimiento a la sociedad misma. 

Pero la mayoría de los debates y las controversias que vive el cubano actual están en los lógicos problemas de un ciudadano involucrado en la cotidianidad y lo doméstico, en lo laboral y lo transitable, en la convivencia y la cultura. Desde la sátira a la libreta de abastecimiento de Pánfilo, hasta la opinión cultivada  de una joven artista en su congreso. Desde la bronca en el juego de dominó hasta el texto crítico de un diario local. Desde las conversaciones de desayuno en cualquier familia, hasta el toque de santo en una casa de barrio. Desde los debates por cuadra de una ley en ciernes hasta el contrapunteo popular con el delegado. Desde la Mesa Redonda hasta el debate post sexo. Desde el susurro en la cola de la bodega, hasta los discursos en las concentraciones de masa.

Cuba es un archipiélago donde se polemiza y discute, al tiempo que hace cuanto puede y no puede por seguir navegando por las coordenadas que se trazó. Y esa lid de pueblo no nos divide, sino que nos une y nos mueve. Ponerle etiquetas a la gente y afiliarlos a una de las dos esquinas bélicas del cuadrilátero es un crimen de consecuencias incalculables. Los que tienen oficio de serrucho al promover esas etiquetas están fabricando una matriz de opinión que conduce al sisma y este a la implosión, y de paso le hace creer al mundo que Cuba es una olla de presión donde hay una gran masa disidente y una minoría, en el poder opresor, de los militantes comunistas. Con ello está justificada la próxima intervención humanitaria.

Militantes de la vida disidentes de la muerte
Balas cruzadas, arados en tierra, colinas conquistadas, montañas por conquistar. Mucho se hizo, queda más por hacer. Esta es la nación cercada en la que todos tienen algo que decir y todos tienen algo que aportar. Esta es la nación que necesita la esencia y la raíz en la polémica pero sobre todo necesita que esa polémica sea fértil y no una interminable bronca bizantina.

Y necesita sacudirse los extremistas de trinchera profunda, los que se aferran a posiciones absolutas con mandíbulas de cocodrilo y no sueltan por más que se le den argumentos, razones o salidas. Los hay así en todas partes: en las redacciones de los diarios, en las oficinas de los decisores, en las organizaciones, en las empresas, en los blogueros ansiosos de protagonismo. Son fundamentalistas. Ya se sabe que tras un extremista siempre hay un oportunista.

El militantes revolucionario, tal y como lo era Marx,  Martí y lo es Fidel son disidentes de la conformidad y del mutismo, del cipayismo,  la implantación de ideas sin argumentos ni razones y por supuesto de la colonización y el poder del capital. Para ser un militante de la vida hay que ser un disidente de la muerte. Muerte significa: Escuela de las Américas, Mafia cubano- americana, Bloqueo y odio anticubano y también Chevron y Mosanto, dinero contra medio ambiente, cosméticos contra vacunas. Espionaje global, exportación de armas, biocombustibles con alimentos, intervenciones militares, espoliación de los  bancos y despojo a los pobres. En fin imperio del capital.

Los papagayos y sus pagadores buscan una contienda fratricida que arrase con la nación al estilo inviernos árabes, por esos nos enfrentan con los ojos vendados, palabras venenosas en los oídos y crepitar de dinero en las manos. Los cubanos de verdad, esos que somos al mismo tiempo militantes y disidentes, mientras discrepamos de la muerte que significa la conquista,  servimos en la vida, que es la independencia y la soberanía.

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