Camilo, las flores y la vigilia

Ayer los cubanos fuimos hasta la orilla del mar y de los ríos para depositar una flor para Camilo. Es una acción sencilla pero inmensa en respeto, porque las flores simbolizan el inicio de lo más bello de la creación: la vida. Y para los cubanos, cada 28 de octubre es como si volviera a nacer el Comandante de la sonrisa amplia y el sombrero alón. Uno de los que mejor se instaló en los sentimientos del pueblo.
Así ha ocurrido a lo largo de 54 años, pues desde el mismo instante en que el Héroe de Yaguajay desapareció en el mar, alguien lanzó una flor a las aguas para anunciar que Camilo jamás morirá.  
Solo 27 años tenía el Señor de la Vanguardia cuando entró en la eternidad, pero su valor, en ocasiones hasta temerario, hizo que el pueblo le otorgara la distinción de Héroe. Entonces, desde aquel fatídico 28 de octubre de 1959, la figura de Camilo Cienfuegos no ha dejado de crecer.
En mi época infantil, cada día 28 del décimo mes del año, los muchachos pugnábamos por ver cuál llevaba hasta la bahía de Santiago de Cuba, la flor más hermosa. Sin embargo no fue el de la flor el detalle que más se grabó en mi mente. Fue la vigilia.
Cuando voló la noticia que Camilo no aparecía, y era buscado por mar y tierra, en el barrio donde yo vivía ocurrió algo tan espontáneo, tan hermoso… tan inolvidable: las personas apenas regresaban a sus hogares. Quienes tenían radio, que no eran muchos, se encargaban de ir ofreciendo los partes:
“Fidel está al frente de la búsqueda”, “Hay cuadrillas de hombres metidas en los montes, y por las playas…”, “Lo están buscando barcos y aviones”.
La ansiedad era evidente. Miles de velas fueron encendidas en los modestos altares de las casas. No recuerdo nunca más, haber visto una manifestación así de cariño hacia una figura. Sería interminable enumerar las promesas hechas a la Virgen de la Caridad. De mi memoria jamás se han borrado aquellas imágenes de la explosión de alegría entre hombres de mar y gente muy pobre, ante la noticia falsa: ¡Apareció Camilo! Luego la decepción frente a la verdad dolorosa. Y de nuevo la vigilia noche y día, de madrugada.
La gente sacó balances, sillas; del local de la Sociedad de Pescadores, en la calle Los Tejadas, a poca distancia de la orilla de la bahía, pusieron bancos en la acera, y también las mesas de jugar dominó, para colocar sobre estas los termos con café para pasar la noche. Así en una cuadra, y en otra. Casi nadie dormía.
Los más pequeños estábamos asombrados por tantas personas sentadas en las aceras, moviéndose de un lado a otro; comentando sobre la búsqueda. Hasta que habló Fidel y la realidad hizo llorar a la mayoría: hombres y mujeres. Los niños solo entendíamos que debía ser algo muy malo lo que estaba pasando, porque siempre oímos a los mayores:
“No llores, que los hombres no lloran”. Pero ahí estaban llorando esos hombres recios con manos callosas, que los remos y los cordeles habían endurecido como el acero. Entonces entendimos la verdad: La leyenda de la que tanto oíamos hablar durante la guerra; el barbudo rebelde del sombrero de vaquero… el que salía siempre sonriendo en los periódicos y en la Bohemia ya no estaría más entre nosotros.
De aquellas jornadas de vigilia también se cumplen 54 años y más de medio siglo después se consolida la otra verdad: la eternidad acogió a Camilo pero el pueblo jamás lo dejó morir.   
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