Una canción para salvarnos del miedo

Marta Valdés. Foto: Lynet Pujol/ Centro Pablo.

Marta Valdés en concierto. Foto: Lynet Pujol/ Centro Pablo.

“Aterricé en el mundo el día que llegué a mi casa con un bolero en la cabeza y le busqué los acordes en la guitarra, pero no tuve la curiosidad de anotar la fecha. Ese debió tomarse como el verdadero día de mi cumpleaños. Una canción fue siempre, en lo adelante, lo mejor que podía ponerme a inventar para salvar las tardes y las noches del miedo a lo desconocido.”
Marta Valdés

El sábado pasado  26 de octubre de 2013 y estoy de vuelta, una vez más, al patio del Centro Pablo. Aunque hoy día apenas vengo, aquí aprendí a amar la trova, que es lo mismo que decir aquí aprendí a amar la música toda. El motivo que me trajo en esta ocasión no es escuchar a un nuevotrovador; acá ando, como anda tanta gente, para presenciar un acto único, escaso: Marta Emilia Valdés Morales, Marta Valdés, hará concierto.

Escuchar a Marta Valdés en vivo es, desde hace años, un privilegio raro, un suceso mágico que solo unos pocos pueden permitirse ocasionalmente. Marta es historia viva; Marta Valdés significa filin, acorde melodioso, canción profundamente sencilla, conjuro de la poesía con la palabra de todos los días.

Es un concierto en primera instancia para los amigos, esos que ven a Marta cantar de tanto en tanto en la privacidad de las reuniones hogareñas. Pero es también un concierto para mí, para las varias generaciones que hemos crecido reverenciando, consciente o inconscientemente, las composiciones de Marta. Digo lo de inconsciente porque Marta, como Pedro Vargas, como Carlos Gardel, es una fuerza generadora de canciones que entran por los oídos hasta el pecho, donde se corre un poco hacia la izquierda para luego instalarse en la memoria –la imagen es suya –, lo que tiene por resultado que sus composiciones acompañen a la gente,  de la mano de intérpretes mejores y peores, todos los días, en las alegrías y tristezas cotidianas.

En La Habana llovizna entrecortadamente, un goteo que no clasifica para lluvia pero sí para impertinencia climática. Marta se pasea inquieta, allá detrás del escenario. El día ha sido de intermitencias lluviosas, como si el clima, aunque no esté para conciertos al aire libre, sí se pusiera a tono con el tono lánguido de las letras de Marta.

Cuando suenan los acordes limpios de Rey Guerra con A guitarra limpia, Marta, los invitados y el público respiramos aliviados. Supimos, por fin, que habría concierto. Víctor Casaus hace la presentación del concierto y mientras, la lluvia se repliega, generosa. Rompe el silencio de la tarde un solo de Lucía Huergo, un paladeo introductorio de saxo en el que entra Marta Valdés, y la guitarra y su voz pequeñita se unen al saxo de Huergo y la tarde ya no es otra cosa que el mínimo universo que cabe en Palabras.

–Perdónenme si me equivoco– dice al finalizar el tema– pero tengo una luz dándome de frente y se me pierden los trastes, y en la casa no suelo ensayar para tener una luz que me ciega. ¡Cuánta gente hay aquí; el Centro Pablo es un tren de confluencias!

Y sin tomar descanso llega otro de sus himnos, “Tu no sospechas”, este sí a guitarra limpia.

Marta titubea, vacila, arpegia tambaleantemente, se apoya en las cuerdas como ciego nuevo que tantea el abismo antes de dar el paso. Los años, pienso, la vida y sus golpes silenciosos no pasan por gusto.

El filin trajo  –y la Nueva Trova es deudora de ello– el valor de quienes no tenían demasiada voz, la ruptura del código de la melodía sobre la palabra, lo que tuvo como resultado una ganancia de la música toda, al lograr la combinación de armonías desafiantes y letras cargadas de sentido.

El año 1968, el del cierre de los bares y las cantinas particulares, el que mandó al paredón las victrolas y con ellos buena parte de la música que contenían, fue el año en que Marta compuso “Llora”, una canción por los amores que fueron, los que no fueron, los que serán. Una canción que cuando la canta hoy no sé si añora los amores fallidos o la magia de aquellos años.

El concierto que abrió con clásicos, da paso a una serie de composiciones homenaje a esos seres que vivieron la música y la ciudad junto a Marta, canciones dedicadas a la magnífica Aida Diestro, a su queridaElena Burke, a la guitarra de César Portillo de la Luz.

– Yo soy una farandulera– dirá más adelante–, mis canciones se hicieron en bares, cantadas acabadas de hacer, que en esos tiempos no había tanta disquera ni memorias.

Aun cuando yerre, me sorprende la habilidad de Marta para seguir componiendo a sus casi ochenta años y ser fiel a su costumbre de no caer en las trampas de la tonalidad, en la comodidad del acorde que corresponde. Su música es como esas mujeres que tras la gasa transparente de los velos juegan a esconder y descubrir su rostro, y que aun sin llegar a verlo del todo deja la certeza en quien la mira de haber presenciado algo misteriosamente bello.

Sobre el acto de la composición escribió una vez: “Pocas dichas he podido comparar al alumbramiento de una canción desde el momento en que empieza a rondarme, a interrumpirme el sueño. Ella me sale al paso por el camino que me conduce hasta la guitarra; yo me dejo sumergir sin remedio, la tuerzo y la enderezo, la saco a caminar y regreso al rincón donde, por fin, tacho esa palabra, le añado una cuerda al aire a aquel acorde y me deslizo hasta el alivio final.”

–Esto es un cumpleaños, aquí hay regalos para ustedes y para mí– comenta gozosa Marta Valdés, antes de dar paso a la segunda parte del concierto con el resto de sus invitados. Así llegó Jade, un dúo femenino, en estos tiempos que ya no parecen haber dúos femeninos, y que interpreta un “Son a Felina” que en su juego con las voces me recuerda a Gema y Pavel.

Y pensando en Gema y Pavel veo que sube Marta Valdés y dice “ven, mi niña”. Hay indecisión allá detrás del escenario y Marta casi grita “¿¡Quién es mi niña acá!?”.

– Ay señor, que alegría más grande nos da la vida. Cómo se puede aguantar, cómo se puede– murmura Marta Valdés, más para sí que para nosotros.

Y siento un montón de aplausos y no veo casi desde mi silla en el fondo del patio, pero yo ya lo sabía, aunque me prometí no creerlo hasta que se plantara delante de mis ojos. Ahí estaba, físicamente –por primera vez para mí– Gema Corredera.

Sigue el gran aplauso, y en cada palmada hay un mar de mensajes callados. Yo –y sé que el resto también– aplaudo por montones de razones: por el encuentro, por la confluencia, por la música, por la magia, por el retorno.

– No conozco esta guitarra, no sé qué hacer, estoy muy nerviosa– se disculpa, siempre con su sonrisa a cuestas, Gema.

En una esquina del Centro Pablo me erizo, tiemblo, lloro solitariamente amparado en la oscuridad; escuchar a Gema Corredera, ahí tan cerca de mí, es de las cosas más bellas que me ha regalado la vida. Gema y Pavel me sostuvieron, me levantaron, fueron la banda sonora de mis días tristes. Gema canta y el resto del patio desaparece para mí, solo estamos ella, la guitarra de Marta Valdés y yo.

–Agradezco que ya nada quede lejos– comenta Marta.

Ay Marta, con que sabiduría me embarcas en tus naves.

Me siento culpable, este es un concierto de y para Marta Valdés, pero Gema en pocos minutos me roba la crónica, como me robó antes el aliento con su tono infinito que atravesaba mis torpes blindajes de adolescente. (Sé que cometo una injusticia como cronista, pero viví dos conciertos, el de Marta Valdés, y los minutos en los que Gema Corredera cantó para mi alma. Espero puedan perdonar mi falta de objetividad.)

El concierto sigue con Yusa al tres junto a Rey Ugarte, en un instrumental virtuoso y filinesco, y luego un dúo de interpretación impecable, de esas que suenan en las noches de cabaret, entre humo y alcohol, perfectas –Ivette Cepeda y José Luis Beltrán, en la guitarra. Detrás viene otra Marta, la Campos, con “Orden del día” un tema que es a la vez “un aporte a la nomenclatura del cancionero cubano” según Marta Valdés, un “bolerón cervecero inteligente”. La lluvia reaparece con Marta Campos pero solo amaga, nos recuerda que está por ahí pero que nos va a perdonar esta vez porque Marta Valdés no canta nunca en público.

Al final del tema se fueron sumando todos los invitados, Marta incluida, para corear un a quién pueda interesar pegajoso que para a todos de las sillas. Solo ahora me fijo que, con excepción de Rey Ugarte y el otro guitarrista, todas las que pasaron por el escenario del Centro Pablo esta tarde noche son mujeres, un ejército bello de mujeres músicos venciendo la lluvia, el silencio, las barricadas del tiempo y el espacio.

Marta –que escribió alguna vez que suele mirarse en sus criaturas como si fueran un espejo que ha ido iluminándose con el paso del tiempo para devolverle la verdadera imagen de lo que es– debe estar bastante cerca de lo que llamamos felicidad.

Con la saxofonista Lucía Huergo, Marta intepretó un clásico de su obra: "Palabras". Foto: Lynet Pujol/ Centro Pablo.

 

El cierre, todas las voces. Foto: Lynet Pujol/ Centro Pablo.

 

 

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