Campña de alfabetización: Credencial moral de una generación de cubanos

 

La menor de las tres escogió el lugar, en Oriente, lejos de La Habana natal, para que el padre desistiera de regresarlas a casa, luego de poner su firma autorizándoles a alfabetizar.

Así fueron destinadas a El Salto, en Manzanillo, un sitio entre cafetales que entró a la historia nacional cuando de allí partieron, en 1958, las columnas invasoras del Che y Camilo.

—Nos pasamos cerca de 7 meses, de un bohío en otro. Alfabetizamos a los ocho de la casa donde nos hospedábamos y a cuatro familias más. Mi hermano mayor nos fue a visitar a mediados de la campaña, cuando estaba de luna de miel por Santiago de Cuba. Él y su esposa se quedaron unos días. Papi era muy viejo entonces y no podía subir aquellas lomas.

El 22 de diciembre, las tres hermanas desfilaron por la Plaza de la Revolución, bajo pertinaz lluvia. Vestían sus uniformes de alfabetizadoras, ya sin las mochilas y el farol chino que alumbraba las noches de cantos de cigarra y croar de ranas, a las que les seguían teniendo miedo.

Dos meses después, Nereida Olivero Duarte cumplía sus 15 años e ingresaba al preuniversitario. Era tres años menor que sus hermanas, que recién iniciaban su vida laboral al terminar la escuela de secretariado.

—Cuando regresamos a La Habana vino con nosotros la más chiquita de la casa, Eulalia, que entonces tenía ocho años. Nos hicimos grandes amigas. Ella volvió a El Salto después de conocer la casa y el barrio donde vivíamos las “maestras”.

Distinto fue el destino de María Luisa Hernández Berroa. Tenía entonces 19 años. Salió para el curso de entrenamiento en Varadero, desde una casa cómoda en El Vedado habanero, donde llevaba algún tiempo como empleada doméstica Tenía que ayudar a sus seis hermanos, procedentes junto a su madre del Oriente heroico pero pobre, razón por la cual solo pudo terminar los primeros seis grados de la escuela primaria.

—Para mí era la posibilidad de hacer algo útil para la Revolución y por mi futuro. Alfabeticé a cuatro alumnos en Guaro, Holguín, y al terminar la campaña me acogí a una beca para formar maestros primarios. Luego seguí trabajando en educación de adultos y logré terminar la Licenciatura en Pedagogía. Logré hacer una bonita familia, con dos hijos y cuatro nietos. Todos se han hecho profesionales. Hace poco m jubilé, aunque voluntariamente repaso a jóvenes que me lo piden.

Historias como estas hay en Cuba más de 300 mil. Son las de una generación que creció con el compromiso del deber cívico antepuesto a otros intereses juveniles; de los que dejaron momentáneamente los mimos del hogar y los bullicios de las escuelas para conocer realidades y obligaciones que ni siquiera habían imaginado.

RAÍCES DE LA EPOPEYA

Durante la Campaña de 1961,  fueron alfabetizados unos 700 mil cubanos y participaron más de 300 mil maestros, entre voluntarios y profesionales de la Isla

El analfabetismo era una rémora desde la constitución de la república. Ni a España como metrópoli ni a Estados Unidos como sucedánea les había interesado su eliminación. Crónicas de época dan cuenta de que a los gobiernos de turno no les preocupaba el asunto. En los años cincuenta del pasado siglo, más del 30 por ciento se anotaba en la categoría de analfabeta, en una población que no llegaba a seis millones.

Era novedad encontrar alfabetizados en el medio rural y más raro aún los que pasasen de tercer grado. La posibilidad de cursar estudios secundarios estaba limitada a las ciudades medianas y la preuniversitaria o tecnológica, a las cabeceras de provincia, entonces seis en el país. Era un cuadro incompatible con una Revolución que aspiraba a la plena justicia social y requeriría de la educación y la cultura como sus armas y escudo.

Por eso Fidel, desde La Historia me absolverá, había identificado la liquidación del analfabetismo como una de las tareas inmediatas del poder revolucionario. Al pueblo no se le inducía a creer en dogmas, sino a leer, para que cada cual comprendiese cómo destruir los demonios del anticomunismo y otros fantasmas, escoger el camino de su liberación social y alcanzar la dignidad humana.

El compromiso de aprender y enseñar empezó en las montañas rebeldes. Labor que la Revolución continuó a los pocos días del triunfo en 1959, primero reabriendo escuelas y cursos de alfabetización en el Ejército Rebelde y la Policía Nacional , y sin pausa , convirtiendo cuarteles militares en centros docentes y creando diez mil plazas de maestros para cubrir necesidades de las poblaciones rurales

No alcanzaban los maestros graduados para todos los sectores que pedían alfabetizadores. Entonces, el líder de la Revolución acudió a los jóvenes estudiantes y obreros, surgieron los maestros voluntarios que en menos de medio año egresaron tres contingentes de jóvenes con entrenamiento físico, cívico y pedagógico para acudir a los lugares más difíciles. Las aulas de los montes, como decía su himno, no se volverían a cerrar desde la llegada de estos primeros misioneros educativos.

La justa impaciencia revolucionaria reclamaba que se acortase el tiempo para la tarea: no más de un año. Así lo prometió el Comandante en Jefe en su primera intervención en la Asamblea General de la ONU. Del mismo modo, se lo explicó al pueblo y pidió su incorporación.

Además de los maestros voluntarios se enrolaron cerca de 300 mil alfabetizadores, integrados en la Brigada Conrado Benítez (nutrida en lo fundamental por escolares de secundaria, escuelas profesionales y tecnológicos), y la Brigada Obrera Alfabetizadora Patria O Muerte. Esta última, como su nombre indica, estaba constituida por voluntarios de los centros laborales movilizados por los sindicatos.

Nadie quedó ajeno a la cruzada educativa. Cooperativas pesqueras, aislados cayos y centros penitenciarios se sumaron a ella. Maestros, artistas, profesionales de diversos perfiles formaron parte del gran ejército de educadores, que llegó a tener más de medio millón de cubanos.

Los medios de difusión de la Revolución alentaron la epopeya. Junto al lápiz y el manual surgieron canciones patrióticas que enaltecieron la batalla. Del talento de publicistas y creadores brotaron consignas que se hicieron populares. El ingenio de un maestro rural, dirigente comunista y sindical, contribuyó a crear un silogismo a mediados de la campaña: QTATA al cuadrado. Que Todo Alfabetizador tenga su Alfabetizado, que todo Alfabetizado tenga su Alfabetizador. Fue idea de Raúl Ferrer, poeta y viceministro de Educación, quien encabezó al año siguiente la “campaña de seguimiento”, o el inicio masivo de la enseñanza de adultos.

CON SANGRE NUMEROSA

El primero sería el maestro voluntario Conrado Benítez, 19 años, negro, matancero, ahorcado en la cercanía de Caracusey, municipio de Trinidad, provincia de Sancti Spíritus. Vejado y conminado a desertar por las bandas contrarrevolucionarias, contestó a sus verdugos: “Soy revolucionario y no traicionaré a mi pueblo”. Fue ahorcado junto a un campesino nombrado Erineo, sus cuerpos aguijoneados y cubiertos con hojas secas.

Le siguió Pedro Miguel Morejón, 20 años, negro, miliciano y alfabetizador voluntario, en San Pedro de Mayabón, Matanzas, su provincia, Su cuerpo fue encontrado con señales de apuñalamiento y estrangulado con alambre de púas.

A los cadáveres de Modesto Serrano Rodríguez, 21 años, alfabetizado y luego alfabetizador, de Pinar del Río, y del villaclareño Tomás Reinaldo Hormiga, 22 años, miliciano y activista de la Campaña, los encontraron meses después de ser apresados por bandas terroristas que operaban en esas dos provincias, luego de que sus asesinos cayeran en manos de la justicia revolucionaria.

Delfín Sen Cedré, con 25 años, era un poco mayor y experimentado. Dirigente municipal de la Campaña en Quemado de Güines, Villa Clara, los bandidos lo estrangularon en el suelo y colgaron su cuerpo de un árbol de aguacate. Cerca de él, un grupo de alfabetizadores, maniatados e impedidos de actuar.

Manuel Ascunce Domenech, 16 años, Sagua La Grande, Villa Clara, se convertiría, sin proponérselo, en un símbolo de su generación. A él, y al campesino Pedro Lantigua, uno de sus alumnos, los bandidos los mataron a golpes y cuchilladas, luego los abandonaron moribundos. “Sí, yo soy el maestro”, les contestó Manolito, cuando indagaron por él, antes de sacarlo del humilde bohío donde alfabetizaba para ultimarlo.

La Campaña registra otros mártires, víctimas del bandidísimo contrarrevolucionario, como los colaboradores José Taurino Galindo Perdigón, en Quemado de Güines, y Vicente Santana Ortega, de Pedro Betancourt, asesinado el primero y el segundo fallecido luego de ser torturado y herido por los bandidos contrarrevolucionarios.

El terrorismo alentado por la CIA tiñó de sangre y dolor la epopeya. Escuelas y casas quemadas, entre otros actos de sabotaje, pretendieron paralizar la Campaña sembrando pavor entre la población. Maestros, alfabetizadores y sus responsables, vivieron meses de tensión, afectados por la presencia de bandas contrarrevolucionarias en las serranías y áreas rurales más apartadas. Padres y familiares se inquietaban, con razón, ante los peligros que los jóvenes afrontaban, a pesar del cuidado de los hogares que los albergaban y de la protección de las autoridades civiles y militares.

Por paradójico que parezca, nada podía ser más ofensivo que invitar a un maestro o alfabetizador a desmovilizarse, sin justa y moral razón de enfermedad que lo justificase. Hubo otros fallecidos por accidentes y enfermedades repentinas

La sangre derramada y la baja ocasional enardecían a cumplir con el deber. Nuevos voluntarios se sumaban a suplirlos. Para la mayoría, la recompensa del honor sería su credencial moral de adultez revolucionaria.

PRÓLOGO DE OTRAS BATALLAS

La bandera que simbolizaba la victoria de la Campaña fue izada en la Plaza de la Revolución el 22 de diciembre de 1961: la de Territorio Libre de Analfabetismo.

Cuba, su pueblo y mayoritariamente sus jóvenes, habían protagonizado y ganado una batalla que parecía una utopía. Casi tres millones de cubanos eran sus hacedores, de ellos, cerca de un millón habían roto y dejado atrás para siempre el décimo círculo, el de la ignorancia.

Ya podían escribir más que sus nombres, sabían poner en blanco y negro sus pensamientos, exteriorizar aquellas ideas de gratitud a Fidel y a la Revolución con las primeras palabras aprendidas y el conocimiento del alfabeto.

No importaba si todavía, en sus inicios, los rasgos no eran uniformes ni mejor la ortografía. Ya eran personas y en lo adelante todo empezaría a cambiar para ellos. Vendrían nuevos cursos, escuelas y universidades. Las puertas del conocimiento podían ser traspuestas por millones de cubanos.

Casi 105 mil jóvenes alfabetizadores tampoco serían los mismos. Aprendieron verdades insospechadas sobre las duras faenas de hombres y mujeres del campo. Y al esfuerzo de sus alumnos sumaron también el suyo. Comprendieron mejor las bondades de la naturaleza. Supieron apreciar el valor de la familia campesina, cuya protección suplió la ausencia temporal de afectos íntimos. Nacieron amistades y crecieron amores. Entendieron mejor los enigmas del futuro. Y en abrumadora mayoría optaron por aprovechar las oportunidades del programa de becas con que la Revolución premió la hazaña de las nuevas generaciones de cubanos.

En lo adelante, la batalla de la alfabetización sería un referente para propósitos similares. Con las experiencias de la campaña de Cuba y su adecuación a otros países, surgiría años después un método auspiciado por la UNESCO para enseñar a leer y escribir, en cualquier idioma o dialecto, conocido como “Yo, sí puedo”. Su implementación se anota rotundos éxitos en Haití, Venezuela, Bolivia, México y Nicaragua, y se extiende a casi una treintena de países de varios continentes.

Fue una batalla en la que se involucró toda la Isla y destacó los esfuerzos por organizar los materiales de enseñanza, entre ellos la cartilla, resultado de serias investigaciones científicas.

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