No olvidemos nunca

El fusilamiento de los ocho estudiantes de Medicina.

El fusilamiento de los ocho estudiantes de Medicina.

Palabras de Eusebio Leal pronunciadas el 27 de noviembre, en la acera del Louvre, durante el acto conmemorativo por el Fusilamiento de los ocho estudiantes de Medicina.

Buenos días a todos:

Primero quisiera, antes de conmemorar esta solemnidad cubana y estudiantil, hacer una breve explicación que permita interpretar el sentido de este acto.

Este acto se organiza por primera vez a finales del año 1936 y nace en medio de una batalla que había conmovido al mundo: la batalla por la República Española, que había concluido con el alzamiento de un grupo de militares que representaban la reacción contra los valores que la República política, cultural y moralmente representaba España.

Convocados por este acontecimiento, el Partido Comunista de Cuba y otras fuerzas progresistas, unidas al Partido, pidieron un voluntariado para ir a luchar por lo que se debatía en España. Había la percepción de que se luchaba por algo más que por la República. Era como el primer capítulo de una batalla mucho más dura que se libraría a partir del año 1939, cuando la invasión a Polonia provoca y determina el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, el enfrentamiento entre el fascismo, el nazifascismo y las fuerzas democráticas que se oponían a él.

El Historiador de la Ciudad, maestro mío y predecesor, el Dr. Emilio Roig de Leuchsenring, profundamente republicano, amigo de los republicanos y compañero de muchos de los jóvenes que fueron a luchar por España, organizó este acto y para organizarlo escogió esta fecha: el 27 de noviembre.

¿Y por qué la escogió?: Se escoge el 27 de noviembre porque es el acontecimiento más dramático que ocurre en ese período. Cuando se estudia la histórica Guerra de los Diez Años, veremos que, una vez comenzado ese conflicto, ocurrieron en La Habana y en otros lugares de Cuba, fundamentalmente en los territorios insurreccionados que iban desde el Oriente hasta la frontera de Las Villas, no solamente víctimas o mártires como consecuencia del enfrentamiento brutal entre ambas fuerzas, sino crímenes políticos que, desencadenadas esas fuerzas por la reacción, cometieron muchas veces terribles abusos contra personas inocentes y no culpables o personas que solamente tenían como delito probado su amor o su confesión de amor a una nación, Cuba, que debía alcanzar el status de serlo.

No olvidemos que el propio José Martí, que estudiaba y vivía cerca de aquí, escribió un bello poema, saludando el comienzo de la lucha por la independencia, un poema que él tituló Diez de Octubre.

En medio de esos acontecimientos, al no lograrse rápidamente la victoria cubana, la guerra se hizo más terrible y más depredadora. Si el año 69, en que se proclama la Constitución de Guáimaro, en que se proclama a Céspedes como primer Presidente de la República, fue un año duro, el 70 fue un año terrible y el 71 un año devastador. Ya se sabía que no había posibilidad alguna de refugiarse en un espacio de neutralidad. El propio gobernante español de turno, el Capitán General Conde de Balmaseda, en 1871, le había dicho a una reunión de notables cubanos que “el que no está conmigo, está contra mí”. Era una línea divisoria.

En el seno de la Universidad, donde siempre reina una inquietud por ideas y una inquietud generacional, los jóvenes hicieron varios actos de desobediencia en distintos momentos. Pero, en noviembre de 1871, ocurrieron una serie de sucesos que terminan con una provocación que no conoció límites.

El elemento desencadenante del drama fue la muerte en La Florida, en Tampa, de un periodista integrista,esto quiere decir que defendía irracionalmente los derechos coloniales sobre Cuba, incluyendo alusiones a la familia, a los hombres, a la mujer y eso provocó que allí, adonde fue, preparado para un duelo regular, quiso batirse con un periodista cubano o con algunos cubanos que se encontraban ya en el exilio, y se produjo un incidente en las afueras del hotel donde se encontraba y resultó muerto Gonzalo de Castañón.

Al regresar a La Habana, su cadáver embalsamado fue enterrado en el antiguo Cementerio de Espada, y allí, con grandes honores, los voluntarios que eran los empleados de los almacenes, los servidores de los principales dueños y propietarios de capitales en la capital -valga la redundancia: capital económico y también capital agrario-, habían convocado a sus empleados y los habían armado, pagando ellos mismos su armamento y con la tolerancia y el apoyo del poder político fueron uniformados y regulados para luchar y contener en la ciudad cualquier acto de desorden.

Todavía hoy, cuando ya los nombres no significan nada, aparecen en algunos lugares nombres que ya son imborrables, pero yo me veo en la necesidad de recordar. Nosotros entramos ahí enfrentre, cómodamente, al cine Payret; sin embargo, Joaquín Payret era uno de los coroneles de uno de los Batallones de voluntarios. Nosotros caminamos por la calle Zulueta; Don Julián de Zulueta era Coronel de otro cuerpo de voluntarios y así sucesivamente.

De esta manera, los cinco batallones más importantes, con sus coroneles, estuvieron presentes seguramente en las exequias de Castañón; y La Habana estaba en un estado de crispación cuando una mañana se corrió en los círculos, en los cafés, que la tumba de Gonzalo de Castañón, en el viejo cementerio, había sido profanada, roto el cristal y profanado el sepulcro.

¿A quién se atribuyó eso? Se atribuyó a los estudiantes de Medicina, que solían realizar cerca de allí, donde existía un área para hacer las prácticas pro forenses propias del primero y segundo años; en aquel lugar habían estado los estudiantes y se dice que algunos de ellos, en el ya cementerio cuidado solamente por un celador, habían estado arrancando una flor o haciendo uno que otro comentario o burla. Pero lo que se dijo fue, no esto, que ya habría sido suficiente para una baraja, sino que la tumba había sido profanada. Inmediatamente se formó un molote muy grande que concluyó con la ida del jefe de la policía a la Universidad, en el corazón de La Habana Vieja, y entrar al aula para buscar a los alumnos y a conocer quiénes eran los que habían estado en el cementerio. Comoquiera que el profesor dijo que de su aula no podían sacar a ninguno, se fue a la otra y, ante la vacilación del profesor de aquella aula, se lleva a todos los alumnos de esta, presos, acusándolos de haber participado en aquel suceso.

El profesor que se negó, Domingo Fernández Cuba, está enterrado junto a los estudiantes en el panteón del Cementerio de Colón, como reconocimiento de Cuba a su integridad humana y profesional. Él dijo: “De aquí no sacan a ninguno”. El otro, débil, lo permitió. Y todos los estudiantes fueron llevados a la cárcel.

En medio de esta conmoción pública, el Capitán General estaba en el Oriente del país y en La Habana estaba su sustituto, que por su condición de haber nacido en Cuba, quiere decir, oficial de alto rango español pero criollo, era presionado para que demostrara de una manera pública su lealtad e incondicionalidad porque siempre había una secreta desconfianza hacia su fidelidad . Al menos eso demuestran los hechos. Y los voluntarios le exigen que tiene que haber un proceso y un acto de justicia.

La cárcel estaba al final de la calle Prado, donde todavía hoy la calle se llama Cárcel. Ahí estaban todos prisioneros. Se produce entonces la necesidad de seleccionar de aquel grupo, hicieron la práctica de escoger al azar y tomaron a ocho de los que estaban allí reunidos, sin la certeza de que habían estado o no en los actos del cementerio que se les atribuía.

Uno de ellos, demasiado joven, que estaba en el nivel más bajo de la edad para el ingreso en la Educación Superior, ni siquiera había estado en La Habana ese día. Estaba en su ciudad natal, en Matanzas.

Resultado: Se nombra un tribunal y comienza el juicio. Y en el tribunal tiene que nombrarse un abogado defensor de oficio y como era un Tribunal Militar, se escogió a un capitán del Ejército, no de los voluntarios, para la defensa de los estudiantes.

Aquel capitán se llamaba Federico Capdevila Miñano, eterna gratitud del estudiantado cubano y de Cuba a aquel español que durante el juicio defendió a los estudiantes valientemente ,y como había otros capitanes de voluntarios que estaban representando a la Fiscalía y al gobierno, terminan con ese juicio porque este no conducía necesariamente a la pena máxima que ningún código establecía ni siquiera para este delito.

Resultado: Un segundo juicio con otros oficiales voluntarios y hay, además, dos generales españoles de artillería, que se oponen al juicio, y esos dos generales, Clavijo y Benet, por haber protestado en nombre de las leyes militares son encarcelados por los voluntarios, que prácticamente han dado un golpe de estado en la capital y han asumido el poder.

Capdevila ha sido separado. Finalmente, ese tribunal determina que los ocho debían ser ejecutados el día 27, en horas de la mañana. Desde el balcón del Palacio de los Capitanes Generales, hoy Museo de la Ciudad, un voluntario leyó la sentencia, mientras que aquí, en el Parque de la Fraternidad, que era el Campo de Marte, se reunían más de diez mil hombres armados que reclamaban participar en el acto en el que iban a hacer justicia o a tomar venganza de los que habían profanado la tumba de Gonzalo Castañón.

De esa manera, el 27 de noviembre de 1871 fueron llevados a la Explanada de La Punta. Pero ahí no se fusilaba, porque no existían condiciones para poderlo hacer, allí se ajusticiaba con el garrote a los malhechores y a quienes cometían delitos políticos, como un acto de humillación. Una silla -los jóvenes no saben qué era un garrote- en que se colocaba al cuello una presilla metálica, otra pieza aquí y uno detrás daba vueltas provocando la ruptura inmediata de la vértebra: muerte inmediata.

Pero como no podían hacer un agarrotamiento para ocho, deciden que, enfrente, donde había unos depósitos de los ingenieros militares, entre las ventanas del depósito podían ser colocados de dos en dos los que iban a ser ejecutados. De esa manera, de dos en dos, fueron ejecutados aquella mañana.

Cuando eso estaba ocurriendo y las manifestaciones estaban produciéndose, aquí, en el hotel Inglaterra, donde nos encontramos y donde por largos años el hotel ha conservado el recuerdo de esos acontecimientos -están aquí su director y sus trabajadores- , un español nacido en las Islas Canarias -por eso la presencia aquí de la Sociedad Canaria y los descendientes de los canarios, que se enorgullecen de llevar el nombre de Leonor Pérez Cabrera, la madre de José Martí, nacida en las Islas Canarias-, un oficial joven que se encontraba aquí, como era su costumbre, llamado Nicolás Estévanez Murphy, se entera que se ha consumado el juicio y se va a producir la ejecución.

Según se dice, aquí en el portal y en presencia de varios amigos, protagoniza una escena de protesta, que se identifica en los militares con el acto de romper la espada, lo cual significa un acto de insubordinación y de rebeldía contra una injusticia. En realidad, Estévanez comentó después que él no supo lo que había hecho, que, encolerizado por aquel acto brutal, había protestado.

Los empleados del hotel, para evitar que fuese víctima también de lo que estaba ocurriendo, lo llevaron rápidamente al interior para calmarlo. Mientras, se escuchaban las detonaciones y las descargas de las ejecuciones. Cuando terminó el espectáculo y se calmaron las pasiones, los cuerpos fueron llevados en un carro y tirados fuera del cementerio en una fosa común, porque como criminales y profanadores no tenían derecho a un sepulcro cristiano. Tales fueron los acontecimientos.

Poco tiempo después, los demás estudiantes que estaban presos fueron indultados. Algunos de los que, como Fermín Valdés Domínguez, amigo de Martí -habían estudiado juntos muy cerca de aquí en el Colegio de Rafael María Mendive y solían pasear por esta famosa Acera del Louvre- son llevados fuera de Cuba en medio de medidas de protección, porque se planeaba una venganza contra los sobrevivientes.

Fermín escribió un libro formidable, elogiado por Martí, que se llamó 27 de noviembre, en el cual relata los acontecimientos. Pero lo más interesante, deteniéndonos un poco, es que la noche antes o la tarde antes de la ejecución, el jefe del pelotón de fusilamiento, que era un voluntario del quinto batallón, decide ir a ver a los estudiantes para conocerlos y saber en qué estado de ánimo, de arrepentimiento, se encontraban los jóvenes. Y según le narra a su hermano, que era un ministro en España y un hombre importante y de la cultura, se los encontró sublimados por la idea de la muerte. Le entregaron para sus familias cartas, y se despojaron de relojes, anillos y de todo lo que tenían como para dar un recuerdo a sus padres.

Es conveniente recordar que muchos de esos jóvenes eran hijos de notables españoles; ahí, en la esquina, estaba el comercio más importante de esta zona, que lo tenía el padre de uno de los jóvenes que iba a ser ejecutado: Alonso Álvarez de la Campa y Gamba.

Lo curioso es que el padre de Alonso, que era voluntario, había comprado los fusiles nuevos para el batallón que iba a fusilar a su propio hijo.

Llenos de odio y representando casi una lucha entre clases o castas, los voluntarios -en su mayoría muchos de ellos analfabetos- gente, como dijo Martí, “de España lo más bajo y lóbrego”; uno de ellos fue a la reja donde estaban prisioneros y le dijo al joven y elegante Alonso: “Alonso, Alonsito, ni los millones de tu padre te salvarán”, con lo cual queda claro que se había convertido en una tragedia de gran magnitud.

El padre de Alonso Álvarez apeló a su poder. Él y su esposa hicieron lo imposible, lo indecible. Escribió una dramática carta al rey de España, Amadeo I, clamando justicia contra el crimen que se había cometido, porque ya rondaba la noticia de que en el cementerio el panteón tenía unas rajaduras en el cristal, pero que eran viejas, y que nadie había profanado de verdad esa tumba.

Entonces surgió el escándalo gigantesco, que conmovió a la sociedad cubana.

El ejecutor de la sentencia, el teniente López de Ayala, le escribe a su hermano diciendo: “No murieron víctimas de su crimen. Murieron víctimas de sus alucinaciones políticas, lo cual crea en nosotros una duda.”

En otros casos, como el del poeta Plácido, por ejemplo, que fue tomado y acusado de lo que él consideraba una afrenta, su poema, que todos recordamos o debemos recordar, explica el estado de desesperación con que una persona joven es llevada a la muerte cuando no tiene responsabilidad en el hecho que se le acusa.

Sin embargo, Martí sostiene que con una pasmosa serenidad todos, uno tras otro, se acomodaron en los lugares donde iban a ser ejecutados, de dos en dos, y que se negaron rotundamente a pedir clemencia o a realizar un acto humillante para obtener el perdón o la conmutación de la pena.

Si esto es así, estamos ante la inocencia técnica de haber rayado la tumba de Gonzalo Castañón o de haberla roto, pero ante la culpabilidad superior de haber sido jóvenes cubanos que alentaban un sentimiento pro patria que el propio ejecutor reconoce.

Como en todo acontecimiento y a lo largo de la historia de Cuba, la solidaridad ha sido un hecho de suma importancia. Recordar hoy a Nicolás Estévanez, recordar a Federico Capdevila, al profesor Domingo Fernández Cuba, aun a los generales Clavijo y Benet y a todos aquellos que por sentimiento de dignidad o justicia se opusieron al crimen es un acto que ennoblece y engrandece el alma cubana. Pero siempre me he preguntado: ¿por qué entonces en 1936 casi mil jóvenes cubanos, encabezados por Pablo de la Torriente Brau, el gran periodista, joven, valiente , nacido en Puerto Rico, compañero de Mella y de Rubén, por qué fueron a luchar a España y por España? Fueron a luchar por una idea que identificaba a lo mejor y más valioso del pueblo español con el pueblo cubano, fueron a luchar por una causa que luego, en 1936, motivaría una lucha desesperaba que concluye 20 años antes del triunfo de la Revolución, en 1939, con la derrota de la República, con el exilio de miles y miles de refugiados y con la muerte, en esa batalla, de casi un millón de hombres, mujeres y niños de ambas partes.

La persecución contra los republicanos vencidos fue terrible. Y este es el único lugar del mundo, creo yo, que en este día se toca el Himno de la República porque Nicolás Estévanez fue republicano. Y fue ministro de la Primera República, no de la que se pierde en el 39, si no de la que se proclama en Madrid, en la Puerta del Sol, y cuyo clamor popular Martí sintió desde la pequeña habitación donde vivía en su exilio español.

Es por eso que este día se toca el himno porque el acto, además, fue organizado cuando se luchaba en España y cuando llegaban las primeras noticias a Cuba de la suerte y el destino de los jóvenes cubanos unidos al pueblo español. Por eso, cuando muere Pablo de la Torriente Brau, uno de los más grandes poetas de habla hispana, Miguel Hernández, despide su duelo diciéndole que llevaba el sol de España en los ojos y el de Cuba en los huesos.

Hoy rendimos homenaje a Nicolás Estébanez y rendimos homenaje temprano a los estudiantes, más o menos a la hora en que comenzó su martirio. Allá, desde muy temprano, está rodeado el monumento de las flores y las ofrendas. Hoy no es un día de pachanga, hoy es día para bajar la cabeza en el lugar que se convirtió por Cuba en un altar de sangre y recordar a los que sufrieron con dignidad aquel martirio, que ennoblece la profesión médica, la condición estudiantil y la condición cubana. Es también un día para recordar a los que fueron solidarios con ellos, a lo mejor y más representativo del pueblo español que es una de nuestras raíces caudales.

Recuerdo con ternura los años en que vine a este acto, cuando acababa de morir el Historiador, mi predecesor y maestro, y venía con su viuda, María Benítez. Entonces en el público no había tantos jóvenes. ¿Quiénes estaban con muchos jóvenes? Estaban los cubanos que regresaron de la Guerra Civil Española. Aquí estaban con Ramón Nicolau, que fue el encargado de buscar los voluntarios para España, todos aquellos ancianos que traían la condecoración de la República y la bandera tricolor de la República Española.

Todos fueron muriendo a lo largo de los años, destino común, entre ellos, Don Ramón de Lorenzo, que fielmente acompañaba a Emilio Roig, fundador además de la Sociedad de Amistad Cubano-Española.

En este día, al depositar estas flores de todos nosotros, rindamos este tributo. No olvidemos nunca, como no olvidó Martí, quien, estando exiliado en España, recibió la noticia de que algunos de los que habían sido al menos sus compañeros o los había conocido quizás, habían muerto aquella mañana en La Habana y recitó el ardoroso poema que todos conocemos: “Cadáveres amados los que un día, en sueños fuisteis de la Patria mía”.

Muchas gracias.

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