Coyuntura económica y social de América Latina y el Caribe

La celebración de la II Cumbre de la 

Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños en La Habana, ha devenido un momento de reflexión en torno a la unidad y potencialida de de desarrollo de la región, que enfrenta una coyuntura inestable en medio de complejas circunstancias económicas y sociales vinculadas a la crisis que afecta a la economía mundial desde el 2008.

En efecto, la crisis ha tenido una manifestación regional en la que están presentes un grupo de aspectos que compensan −hasta cierto punto− sus efectos en la América Latina y el Caribe. Pero esto no significa que la región sea inmune a esos efectos, ya que son elementos coyunturales y no modifican en su esencia la dinámica de la reproducción capitalista latinoamericana, en un contexto que algunos autores han denominado como post neoliberalismo.

En este sentido la asimilación de un capitalismo “bueno” y posible, ha llevado a una visión neo-desarrollista que trata de registrar la evolución actual bajo la óptica de una suerte de neo-keynesianismo latinoamericano. Sin embargo, como acertadamente expresa el economista argentino Julio Gambina: “Es un diagnóstico erróneo que sigue pensando en términos de economía y política entre naciones, internacional, sin dimensionar el carácter mundial del capitalismo. Esta visión está sustentada en la ilusión que genera la macroeconomía estable y un crecimiento en los últimos años para la región latinoamericana.”[1]

Considerando los datos más relevantes, en los años que van desde el 2009 al 2013 nuestra región creció 2,75% promedio anual, con tasas superiores a la media global entre el 2009 y el 2012.[2] Esta situación compara favorablemente con un crecimiento del 2% entre 1980 y el 2002, pero resulta inferior al 4% de crecimiento desde el 2004, según datos del FMI.

Por otro lado, entre el 2002 y el 2009 el salario real aumentó su participación en el PIB en 12 países de América Latina y el Caribe, en tanto que disminuía en nueve.[3] También la tasa de desempleo bajó de un 7,3% a un 6,3% entre el 2008 y el 2013, al tiempo que en una muestra de 13 países, 10 redujeron la informalidad laboral y solo la aumentaron en tres casos.[4]

Finalmente, y también contrario a la tendencia en otras regiones, el índice de pobreza en América Latina bajó del 33,5% en 2008 al 27,9% en 2013, aunque todavía permanecen en esa condición 164 millones de personas y de ellas 66 millones son indigentes.[5]

A pesar de estos avances, un análisis sopesado muestra que si bien en años recientes Latinoamérica y el Caribe han tenido un desempeño más favorable frente a lo ocurrido en otras latitudes, los elementos que han llevado a un comportamiento relativamente mejor han dependido de factores inestables que no se mantendrán a largo plazo para asegurar un desarrollo sustentable.

De tal modo, uno de los factores que ha tenido mayor peso en la compensación de los efectos de la crisis es sin dudas los ingresos por exportaciones. En este sentido vale destacar que el valor de las exportaciones latinoamericanas creció a un ritmo anual del 4,5% entre el 2009 y el 2012, mientras que a nivel mundial se lograba un incremento de solo 1,8%.[6]

No obstante, estos ritmos se han desacelerado desde el 2012, cuando las exportaciones crecieron solo un 1,4% y en el 2013 se cierra con un pronóstico de crecimiento de 1,5%, con una caída en el rubro de minerales y petróleo.

El mayor impulso para este desempeño en las ventas externas lo ha aportado el incremento de los precios que arrastran una notable tendencia al alza desde el año 2003, pero las estadísticas de los últimos cuatro años muestra una desaceleración en estos precios, aunque se mantienen todavía a niveles superiores a sus cotas del año 2003.

Sin embargo, los productos de mayor dinamismo han sido precisamente los de menor valor agregado. Así ha resultado que la exportación de materias primas que cubría en 51,5% del total al inicio de los años 80, se redujo hasta un 26,7% en 1995/96, pero ya a la altura del 2010 alcanzaba nuevamente un 39,1% del total. Por su parte la exportación de manufacturas no asociadas al procesamiento de recursos naturales bajó en ese último período del 45,8 al 41%.

Estas cifras muestran un proceso que se ha denominado como reprimarización de América Latina, que va en dirección contraria al crecimiento industrial indispensable para lograr un desarrollo sustentable.
En el ámbito comercial externo se destaca el efecto del crecimiento del comercio de Asia y China sobre la región.[7]

En este sentido debe destacarse que el comercio exterior de China con América Latina creció 64 veces entre 1990 y 2008 y en ese incremento las exportaciones lo hicieron 36 veces y las importaciones 127. También se firmaron acuerdos de libre comercio con Costa Rica, Perú y Chile.

China se ha convertido en el primer destino para las exportaciones de Chile y Brasil; el segundo destino para Perú, Colombia, Argentina y Cuba, y el tercero para México, Uruguay y Venezuela.

En fecha más reciente vuelve a resaltar el papel compensatorio de Asia para el comercio exterior latinoamericano. Así durante el primer semestre del 2013 en comparación con similar periodo del 2012, las exportaciones regionales descendieron un 1,7% al contraerse las ventas a EE.UU. en 3,6%; a la Unión Europea en 7,9% y el propio comercio dentro de la región en 6,1%. Sin embargo, las exportaciones a Asia crecieron un 5%, de ello un 10,4% a los países de la ASEAN y Japón, en tanto China reflejaba una ligera reducción del 0,2%.[8]

De este modo puede afirmarse que la expansión de exportaciones de América Latina con precios favorables, en estos años en que se contrae la demanda en sus mercados tradicionales, encontró un factor de significativo contrapeso en los mercados asiáticos y particularmente en China, que −de no haber existido− hubiera colocado a la región en una situación mucho más comprometida.

En el ámbito financiero, vale la pena destacar que los préstamos de bancos chinos a los países de la región alcanzaron más de 75,000 millones de dólares en los años 2000, lo cual se ha unido a un creciente flujo de créditos de otros orígenes a la región.

Sin embargo, la entrada de nuevos flujos financieros ha estado asociada al crecimiento de la deuda externa, que la mayoría de los países latinoamericanos ha podido contratar gracias a su relativamente favorable coyuntura económica en circunstancias en que se produce una contracción del mercado financiero mundial. De este modo, la deuda externa bruta de la región aumentó de 761,141 millones de dólares en el 2008 a un estimado de un billón 222,410 millones de dólares en el 2013, para un crecimiento del 60,6% en cinco años, elevando la relación entre la deuda externa y el PIB del 17,6% en el 2008 al 21% en el 2013.[9]

Otro importante elemento que ha podido compensar los desequilibrios externos es la expansión del consumo doméstico que se considera ha sido el elemento fundamental.

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