Apuntes para una ecología latinoamericana

“Esas lucecitas de la noche, ¿nos están espiando? Las estrellas tiemblan de estupor y de miedo. Ellas no consiguen entender cómo sigue dando vueltas, todavía vivo, este mundo nuestro, tan fervorosamente dedicado a su propia aniquilación”. 

contaminacion-ambiental

Eduardo Galeano nos enseñó a mirar. Nos enseñó a ver y analizar el mundo desde el punto de vista de los que sufren. También de la Naturaleza que sufre. Si Marx decía que las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes de cada época (La Ideología Alemana), leer a Galeano, ese maestro de las paradojas, es aprender a ver el mundo desde el lugar de los dominados, un punto de vista imprescindible para un conocimiento veraz.

En Úselo y tírelo. El mundo del fin del milenio visto desde una ecología latinoamericana (1994) el periodista y escritor uruguayo presenta una antología de textos de varios de sus libros sobre la problemática ambiental; desde el clásico Las venas abiertas de América Latina (1971)  hasta Las palabras andantes (1993), pasando por Vagamundo y otros relatos (1973), Ser como ellos y otros artículos (1982), Memoria del fuego (1986)  y El libro de los abrazos (1989).

Se trata de una antología ampliada porque algunos artículos no habían sido publicados antes juntos y otros fueron escritos especialmente para este volumen. Las ilustraciones proceden de cerámicas y tejidos de diversas civilizaciones precolombinas.

Cuando en esta recensión se citen otros libros o publicaciones, se indicará expresamente. De lo contrario las citas provienen del mencionado Úselo y tírelo.

Las cinco mentiras sobre la crisis ambiental.

El autor advierte de cinco falsedades que, de la mano de los tecnócratas del medio ambiente, han acompañado el debate sobre la crisis ecológica de finales del siglo XX.

  1. Todos somos culpables de la ruina del planeta.
  2. Es verde lo que se pinta verde.
  3. Plantar árboles es siempre un acto de amor a la naturaleza.
  4. Entre el capital y el trabajo la ecología es neutral.
  5. La naturaleza está fuera de nosotros.

La generalización de responsabilidades absuelve: si todos somos responsables, acaso nadie lo sea. LLevó su tiempo pero, desde el Informe Brundtland (1987), se reconoce oficialmente que, si todos los pobladores del planeta consumieran lo mismo que los países desarrollados, harían falta diez planetas como el nuestro para satisfacer todas sus necesidades. Los países que forman la OCDE (el club de los países ricos) producen el 98% de los residuos tóxicos del planeta. No todos somos igual de responsables.

En el gran teatro del fin de milenio – apunta Galeano- hasta la industria química se viste de verde. “¿Qué es la ecología? ¿un taxi pintado de verde? En la Ciudad de México los taxis pintados de verde se llaman taxis ecológicos y se llaman parques ecológicos los pocos árboles de color enfermo que sobreviven al acoso de los coches”.

Árboles que llevan décadas o incluso siglos asentados en lo profundo de la tierra son talados, indefensos ante las sierras eléctricas. En su libro Bocas del tiempo (2004) y con el título de Mudos, el escritor señala que “en cada derrumbamiento se viene abajo el mundo; y el pajarerío queda sin casa. Mueren asesinados los viejos incómodos. En su lugar, crecen los jóvenes rentables. Los bosques nativos abren paso a los bosques artificialesFast food, fast wood: los bosques artificiales crecen en un ratito y se venden en un santiamén”. Se plantan árboles, pero “nada tienen que ver los bosques naturales aniquilados, que eran pueblos de árboles diferentes abrazados a su modo y manera, fuentes de vida diversa que sabiamente se multiplicaba a sí misma, con estos ejércitos de árboles todos iguales, plantados como soldaditos en fila y destinados al servicio industrial”. Fuentes de divisas, ejemplos de desarrollo, símbolos del progreso, estos criaderos de madera, estos bosques del silencio, resecan la tierra y arruinan los suelos.

Para Eduardo Galeano la “ecología neutral”, que más bien se parece a la jardinería, se hace cómplice de la injusticia de un mundo donde la comida sana, el agua limpia, el aire puro y el silencio no son derechos de todos sino privilegios de los pocos que pueden pagarlos. Como si la contaminación ambiental no tuviera nada que ver con la contaminación de la política, de la economía, de la sociedad. El autor recuerda a Chico Mendes, recolector de caucho, sindicalista y activista ambiental brasileño que luchó contra la extracción de madera y la expansión de los pastos en la Amazonía. Fue asesinado en 1988. Para Chico la selva amazónica no sería salvada mientras no se hiciera una reforma agraria en Brasil. Para Galeano la militancia ecológica no puede divorciarse de la lucha social.

El cristianismo, que tanta influencia ha tenido en nuestra cultura, es la religión más antropocéntrica que el mundo ha conocido. No sólo estableció un dualismo entre hombre y naturaleza, sino que también insistió en que era la voluntad de Dios que el hombre la explotara para sus propios fines. En la antigüedad cada árbol, cada manantial, cada arroyo tenía su propio genius loci, su espíritu guardián. Antes de que uno cortara un árbol, abriera una mina en una montaña, o represara un arroyo, era preciso aplacar al espíritu correspondiente del lugar. La civilización occidental y cristiana consideró la naturaleza como una bestia que había que domar, someter. Es cierto que ahora ya no se habla de someter sino de proteger. Pero en ambos casos (naturaleza sometida o naturaleza protegida) ésta se encuentra fuera de nosotros. Se la confunde con el paisaje. “En sus 10 mandamientos, Dios olvidó mencionar a la naturaleza. Entre las órdenes que nos envió desde el monte Sinaí, el Señor hubiera podido agregar, pongamos por caso: honrarás a la naturaleza de la que formas parte. Pero no se le ocurrió”.

Desde el descubrimiento

Muchos indios fueron exterminados por el delito de creer que toda la tierra era sagrada. Adorando a la Naturaleza practicaban la idolatría y ofendían a Dios. “¿Ofendían a Dios, o más bien ofendían al capitalismo naciente?”, se pregunta Galeano.

La búsqueda de oro y plata fue el motor central de la conquista. Pero, en su segundo viaje, Cristóbal Colón llevó las primeras raíces de caña de azúcar desde las Islas Canarias para plantarlas en la República Dominicana. Las tierras fueron devastadas por plantaciones que invadieron el Nuevo Mundo destruyendo bosques y agotando la fertilidad de los suelos. Legiones de esclavos fueron reclutados.

“Pensaréis tal vez, señores –decía Karl Marx en 1848- que la producción de café y azúcar es el destino natural de las Indias Occidentales. Hace dos siglos la naturaleza, que apenas tiene que ver con el comercio, no había plantado allí ni el árbol del café ni la caña de azúcar”.

Donde todo crecía con vigor exuberante, el latifundio azucarero dejó suelos lavados y tierras erosionadas. Los incendios que ganaban tierras para las plantaciones de caña devastaron la flora y la fauna; desaparecieron ciervos, jabalíes, tapires americanos, pacas y armadillos. El café también avanzó dejando desiertos a sus espaldas.

En relación a la isla de Cuba, Galeano escribe: “Podía recorrerse Cuba, a todo lo largo, a la sombra de palmas gigantescas y bosques frondosos, en los que abundaban la caoba y el cedro, el ébano y los dagames. Se pueden todavía admirar las maderas preciosas de Cuba en las mesas y en las ventanas del Escorial o en las puertas del Palacio Real de Madrid, pero la invasión cañera hizo arder, en Cuba, con varios fuegos sucesivos, los mejores bosques vírgenes de cuantos antes cubrían su suelo”.

Alquimia colonial y neocolonial

El mismo efecto se produjo en aquellas regiones ricas en recursos minerales. Las minas de plata de Zacatecas (México) generaron fuertes ingresos a la Corona Española; en Potosí (Bolivia) -a las faldas del legendario Cerro Rico- se asentó la mina de plata más grande del mundo. Del mismo modo, la historia de la ciudad brasileña de Ouro Preto (Minas Gerais) estuvo marcada durante su época colonial por las grandes reservas de oro presentes en su suelo, extraído en su totalidad por mano de obra esclava.

Para Eduardo Galeano en América Latina, la región de las venas abiertas, todo se ha transmutado siempre en capital europeo o, más tarde, norteamericano y como tal se ha acumulado en esos lejanos centros de poder. “Potosí, Zacatecas y Ouro Preto cayeron en picada desde la cumbre de los esplendores de los metales preciosos al profundo agujero de los socavones vacíos, y la ruina fue el destino de la pampa chilena del salitre y de la selva amazónica del caucho; el nordeste azucarero de Brasil, los bosques argentinos del quebracho o ciertos pueblos petroleros del lago de Maracaibo tienen dolorosas razones para creer en la mortalidad de las fortunas que la naturaleza otorga y el imperialismo usurpa”.

La desaparición de los búfalos

El bisonte americano, conocido como búfalo, era el centro de la vida cotidiana para los indios norteamericanos. El búfalo significaba abundancia. De él dependían y de él obtenían lo necesario para su sustento, vestido y vivienda. Se aprovechaba todo del animal y su caza se realizaba con respeto. El búfalo era considerado un ser espiritual que bendecía a los nativos y, como tal, se veneraba. Lo consideraban una manifestación directa del Gran Espíritu.

La cacería del bisonte americano se precipitó después de la llegada de los ingleses a la costa este del continente. El elevado valor de las pieles supuso la matanza de miles de animales. El bisonte americano fue cazado casi hasta su extinción en el siglo XIX.

Galeano escribe: “Cuando se alza el alba desde el río, una mujer kiowa ve pasar al último rebaño a través de la neblina. El jefe marcha a paso lento, seguido por las hembras y las crías y los pocos machos todavía vivos. Al llegar al pie del monte Scott, se quedan esperando, inmóviles, con las cabezas bajas. Entonces el monte abre la boca y los búfalos entran. Allá dentro el mundo es verde y fresco. Los búfalos han pasado. El monte se cierra”.

Ser como ellos

“Podemos ser como ellos, anuncia el gigantesco letrero luminoso encendido en el camino del desarrollo de los subdesarrollados”. Pero es algo evidentemente imposible porque el planeta no podría soportar que se generalizasen los niveles de producción y consumo de los llamados países ricos. Unos pocos países dilapidan los recursos de todos. Crimen y delirio de la sociedad del despilfarro… el precario equilibrio del mundo, que rueda al borde del abismo, depende de la perpetuación de la injusticia. Es necesaria la miseria de muchos para que sea posible el derroche de pocos”, expresa Galeano. El seis por ciento más rico de la humanidad devora un tercio de toda la energía y de todos los recursos naturales que se consumen en el mundo.

El modelo de vida del mundo rico no es universalizable y, consiguientemente, no es humano. El agudo planteamiento de Kant podría aplicarse a este problema: “Obra de tal modo, que la máxima de tu voluntad pueda valer siempre, al mismo tiempo, como principio de una legislación universal”. Un modelo de sociedad que no es posible para la mayor parte de la humanidad, no puede decirse que sea moral y, ni siquiera, humano. Cuanto más si el disfrute de unos pocos se hace a costa de la privación de los más.

La historia del siglo XX desde una perspectiva geopolítica es resumida por el escritor urugüayo del siguiente modo: “Al Oeste, el sacrificio de la justicia en nombre de la libertad, en los altares de la diosa Productividad. Al Este: el sacrificio de la libertad en nombre de la justicia, en los altares de la diosa Productividad.

¿Y los países del Sur? “El Sur, basurero del Norte, hace todo lo posible por convertirse en su caricatura”. Las ciudades del sur del planeta son como las grandes ciudades del norte pero vistas en un espejo deformante, donde el derecho a contaminar es un incentivo fundamental para la inversión extranjera, casi tan importante como el derecho de pagar salarios ridículos. “Para una innumerable cantidad de niños y jóvenes latinoamericanos, la invitación al consumo es una invitación al delito” porque “el sistema niega lo que te ofrece”.

En el reino de la impunidad

Galeano refiere numerosos ejemplos. Colombia, que cría tulipanes para Holanda y rosas para Alemania. Cuando las flores han crecido en las inmensas plantaciones, Holanda recibe los tulipanes, Alemania las rosas y Colombia se queda con los bajos salarios, la tierra contaminada y el agua sobreexplotada. Los habitantes de la Ciudad de México y su alta concentración de plomo en sangre. Los indígenas guatemaltecos que trabajan en plantaciones y dan de mamar la leche más intoxicada del planeta. Los plaguicidas que figuran en la lista negra de la OMS (prohibidos en Europa y EEUU) y que se usan libremente en América Latina. “La coartada es perfecta: las empresas dicen respetar la ley de cada país. Pero ocurre que la ley de cada país rinde tributo a la ley universal, la ley de la ganancia, que el mundo de nuestro tiempo ha elevado a la categoría de ley divina y que impunemente reina”.

Muchas ciudades latinoamericanas se han convertido en inmensos garajes donde respirar es una aventura peligrosa. En México DF se difunden advertencias que parecen extraídas del Apocalipsis: permanecer el menor tiempo posible al aire libre, cerrar puertas y ventanas…

Se multiplican las sequías y las inundaciones mientras sucumben las selvas tropicales, devoradas por las explotaciones ganaderas y los cultivos de exportación que el mercado exige. Cada hamburguesa cuesta metros cuadrados de selva centroamericana.

El accidente nuclear de Goiania

El accidente radiológico de Goiana (Brasil) ocurrido en 1987 dejó cerca de un millar de afectados y 66 muertos por los efectos de la radiación. Fue el peor accidente nuclear de Sudamérica y uno de los más graves de la historia en un entorno urbano. Se produjo cuando un grupo de buscadores de chatarra entraron en un hospital abandonado de los suburbios. Encontraron un aparato, cuyo uso desconocían, que desmontaron para su reciclaje. El instrumento resultó ser una fuente de Cesio-137, utilizada en radioterapia, con una actividad extraordinariamente alta. Cuando abrieron la cápsula, el polvo radiactivo se esparció por Goiana. Este accidente puso en evidencia el alto riesgo de la proliferación de fuentes radiactivas diversas pero también, como subraya Eduardo Galeano, la total impunidad reinante en América Latina: nadie resultó penalmente condenado y la clínica siguió operando con normalidad.

El automóvil: una dictadura sin oposición

En las ciudades latinoamericanas, sometidas a la dictadura del automóvil, la gran mayoría de la gente no tiene más alternativa que viajar en un transporte público destartalado y escaso. Las calles no ofrecen espacio para la bicicleta, despreciado vehículo que es un símbolo de atraso cuando no se usa por pasatiempo o deporte. “La sociedad de consumo, octava maravilla del mundo, décima sinfonía de Beethoven, impone su simbología del poder y su mitología del ascenso social”, apunta Galeano.

Y eso a pesar de que el automóvil es, en todo el mundo, la primera causa de muerte entre los jóvenes, por encima de cualquier enfermedad, droga o crimen. Pero a nadie se le ocurre hacer una campaña sobre los peligros del automóvil.

Circular en bici por las calles de las grandes ciudades latinoamericanas no puede seguir siendo una forma de suicidio. “¿Por qué no se abren, antes de que sea tarde, carriles protegidos para la circulación de bicicletas en las avenidas y calles principales?”, se pregunta el autor uruguayo. “Los automóviles no votan, pero los políticos tienen pánico de provocarles el menor disgusto. Ningún gobierno latinoamericano, civil o militar, de derecha, centro o izquierda, se ha atrevido a desafiar al poder motorizado […] Ni siquiera las Revoluciones a las que nadie podría negar la voluntad de cambio, se han propuesto poner en práctica la más sencilla manera de disminuir la dependencia ante las omnipotentes empresas que dominan el negocio del transporte y del petróleo en el mundo […] La bicicleta aparece masivamente en Cuba cuando no hay más remedio, porque no queda ni una gota de petróleo: no como una alegría disfrutable, sino como una calamidad inevitable […] La bicicleta sería un medio de transporte perfectamente posible, como medio único o complementario, para muchísima gente”.

En Ser como ellos y otros artículos (1992), incide sobre el mismo tema: “Yo me imagino Montevideo lleno de bicicletas. ¿Por qué no ponen los carriles de una buena vez? Carriles en la Rambla, en las avenidas, en las calles anchas […] Montevideo podría ser, debería ser, la primera ciudad latinoamericana capaz de reaccionar contra la religión norteamericana del automóvil. ¿Por qué no? ¿Por colonialismo mental? La bicicleta es el medio de transporte más barato, sin contar las piernas, y no envenena el aire, ni contamina el silencio, ni tapona las calles. Si hubiera carriles, el país ahorraría petróleo y mucha gente ahorraría pasajes y se liberaría del tormento de los ómnibus repletos”.

En Patas arriba. La escuela del mundo al revés (2008) leemos: “La bicicleta es un medio de transporte barato y que no gasta nada. Ocupa poco lugar, no envenena el aire y no mata a nadie”.

Asimismo, en Los hijos de los días (2012) Galeano recuerda a las luchadoras feministas y por los derechos civiles del siglo XIX estadounidenses, Susan Anthony y Elizabeth Cady Stanton, las cuales solían resaltar lo mucho que la bicicleta había hecho por la emancipación de las mujeres en el mundo. De algún modo puede decirse que las mujeres “viajaron pedaleando hacia el derecho al voto” A pesar de que algunos médicos advertían de que el uso de este vehículo podía provocar aborto y esterilidad, la verdad es quepor culpa de la bicicleta, las mujeres se movían por su cuenta, desertaban del hogar y disfrutaban el peligroso gustito de la libertad. Y por culpa de la bicicleta, el opresivo corsé, que impedía pedalear, salía del ropero y se iba al museo”.

Los sueños del mercado mundial que se convierten en pesadillas

Lo que empezó con el oro y la plata y siguió con el azúcar, el tabaco, el guano, el salitre, el cobre, el estaño, el caucho, el cacao, la banana, el café, el petróleo… ha dado paso a la soja transgénica y la celulosa. Argentina, Brasil y otros países latinoamericanos están viviendo ahora la fiebre de la soja transgénica.

En un artículo de título Salvavidas de plomo (2006), publicado en el diario argentino Página 12, Galeano escribe: “¿Qué nos dejaron esos esplendores? Nos dejaron sin herencia ni querencia. Jardines convertidos en desiertos, campos abandonados, montañas agujereadas, aguas podridas, largas caravanas de infelices condenados a la muerte temprana, vacíos palacios donde deambulan los fantasmas… Ahora es el turno de la soja transgénica y de la celulosa […] ¿Exportamos soja o exportamos suelo? ¿Acaso no quedamos atrapados en las jaulas de Monsanto y otras grandes empresas de cuyas semillas, herbicidas y pesticidas pasamos a depender? Tierras que producían de todo para el mercado local, ahora se consagran a un solo producto para la demanda extranjera”.

La celulosa también se ha puesto de moda. Uruguay ha querido convertirse en centro mundial de producción de celulosa para abastecer de materia prima barata a lejanas fábricas de papel. “Se trata de monocultivos de exportación, en la más pura tradición colonial: inmensas plantaciones artificiales que dicen ser bosques y se convierten en celulosa en un proceso industrial que arroja desechos químicos a los ríos y hace irrespirable el aire”, señala Eduardo Galeano.

La única esperanza: un modo comunitario de producción y de vida

¿La naturaleza amenazada? Como leemos en Los hijos de los días (2011), “si la naturaleza fuera un banco, ya la habrían salvado”.

Los modelos de bienestar dependen de las formas en que son socialmente construidas las necesidades. El modo de producción capitalista es un modo de producción de insatisfacción perpetua.  Para que se multipliquen la demanda, las deudas y las ganancias. Es el derecho al derroche, privilegio de una minoría, que el sistema presenta como la libertad de todos.“¿El planeta? Úselo y tírelo. En el reino de lo efímero, todo se convierte inmediatamente en chatarra”.

Para Eduardo Galeano la esperanza se encuentra en un modo de producción y consumo radicalmente diferente, comunitario. Sin nostalgias, sin Arcadias. Es desde la esperanza, y no desde la nostalgia, que hay que reivindicar el modo comunitario de producción y de vida, fundado en la solidaridad y no en la codicia, la relación de identidad entre el hombre y la naturaleza”, leemos en El Tigre Azul y otros relatos (2002).

No obstante, este gran defensor de la utopía -como estrella que debe guiar los pasos del hombre- nos recuerda, con los pies en el suelo, que en la lucha por transformar la sociedad no hay que menospreciar los pequeños objetivos. Porque las victorias modestas, aunque sean cosas chiquitas quizás desencadenen la alegría de hacer y la traduzcan en actos. Al fin y al cabo, actuar sobre la realidad y cambiarla, aunque sea un poquito, es la única manera de probar que la realidad es transformable”  (Debate  Utopía y política. Foro Social Mundial de Porto Alegre. 2005).

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