“El neoliberalismo nos obliga a ser emprendedores”, asegura psicóloga inglesa experta en trabajo

 

56b8af14ccb13La psicóloga inglesa Valerie Walkerdine, eminencia de la psicología crítica y los estudios psicosociales y académica de la Universidad de Cardiff, comienza sus charlas sobre el trabajo en el sistema neoliberal mostrando la película Full Monty. Esa en la que los trabajadores cesantes tras el declive de la industria del acero en la ciudad de Sheffield se transforman en strippers.

Para ella, esa comedia muestra de forma inteligente un proceso que no tiene en realidad ninguna gracia: la pérdida de sentido, la falta de certezas, la inseguridad crónica y la necesidad de remodelarse a uno mismo que siguen a profundas transformaciones del trabajo como las que se ven en la película. Y como las que estamos enfrentando hoy en día.

Ella lo ha estudiado profundamente en las comunidades de los valles del sur de Gales, que se quedaron sin trabajo tras el cierre de las minas y las industrias que le dieron vida al lugar. Vino a Chile invitada por la Universidad Diego Portales, como parte de una gira por Latinoamérica en la que está formando una red de universidades que trabajarán juntas el tema de los cambios locales en el trabajo bajo el sistema laboral.

¿Cómo entiendes el trabajo? ¿Una forma de ganar plata, de desarrollarnos como personas?

―Justamente una de las transformaciones que estamos presenciando con relación al trabajo es el desplazamiento de la idea de que es una forma de ganarse la vida a que es una forma de construirse como individuo. Se supone que tienes que encontrar tu ser interior y definir tus ambiciones. Entonces te creas a través del trabajo. No hay una separación clara entre quien eres y el trabajo que haces. Esto vale para las personas que han tenido una educación, por cierto. Para las personas de clase trabajadora el trabajo sigue siendo algo que les permite ganarse la vida.

¿Y qué implicancias tiene este cambio?

―Te voy a dar un ejemplo en torno al tema de las ambiciones y la solidaridad. El gobierno de UK tiene una estrategia industrial y es aumentar las aspiraciones de la gente, hacerlos estudiar y meterlos en trabajos de mayor nivel. Porque se dice que los trabajadores cesantes de los valles del sur de Gales, con los que yo he trabajado, no quieren trabajar ni hacer nada, solo quieren plata del gobierno. Sin embargo, la historia del lugar demuestra que eso no es verdad, que ellos sí han trabajado muy duro. Pero la idea de las aspiraciones personales y la idea de “ser alguien” era antiética en esa cultura. Tú no querías sobresalir. Se necesitaba el apoyo y el trabajo conjunto de todo el pueblo, de los compañeros de trabajo, de los vecinos. Entonces de un día para otro no vas a querer “ser alguien”. Es por esto que digo que el neoliberalismo interrumpió la solidaridad. Tenemos que pensar solo en nosotros mismos, ser individualistas y competitivos.

¿Podemos todos tener aspiraciones en torno al trabajo?

―En este cambio actual del mercado laboral no hay muchos trabajos de alto nivel, es difícil encontrar un trabajo incluso si fuiste a la universidad, yo lo veo en mis estudiantes. Y la gente que no tiene una educación accede a trabajos extremadamente precarios. No sé cómo se compara eso con lo que pasa en Chile.

Lo que tenemos aquí es la promesa de que si estudias encontrarás un buen trabajo y eso te llevará a tener una mejor vida. Pero es una promesa incumplida. Y hay muchos profesionales trabajando como choferes de Uber, por ejemplo.

―Y si es como en Reino Unido, seguramente no ganan mucha plata. Muchas de las compañías multinacionales, como Amazon también, “emplean” gente, pero no están realmente empleados. No hay contratos. Y son penalizados si no pueden cumplir con lo que se les encarga. No son empleos propiamente tales, sino solo algo de trabajo. Es un arreglo muy complicado.

El neoliberalismo nos obliga a ser “emprendedores”. Y lo vende como si fuera algo fantástico. Pero lo que realmente pasa es que está lleno de trabajos precarios y no nos queda otra.

―Sí. El neoliberalismo efectivamente nos obliga a ser “emprendedores” ya que hay una baja disposición a crear trabajos, porque los contratos a largo plazo disminuyen las ganancias. Y por eso los pocos trabajos que hay son de muy pocas horas, incluso cero horas, como se usa ahora en el Reino Unido, dejando a los trabajadores en la total inseguridad. Y si no hay trabajo lo que te venden es que ¡claro que es maravilloso que crees tu propio trabajo! ¡Puedes trabajar desde tu casa! ¡Es tan creativo! Pero lo que en realidad pasa es que es un trabajo muy inseguro, con grandes baches, tienes que estar buscando trabajo constantemente, no tienes vacaciones. Una inseguridad total.

Profesionales con dos o tres trabajos diferentes…

―Claro, se supone que estás invitada a desatar tu espíritu creativo, pero si no triunfas no es por razones económicas, sino porque a ti te falta algo. Esos discursos psicológicos son presentados como ideas centrales de lo que somos y en lo que debemos convertirnos. Hay un imperativo moral detrás de eso. Y puede ser maravilloso tener la oportunidad de ser creativos, yo de hecho lo hago. Pero sucede en un contexto en el que no hay un soporte financiero real para que todos podamos hacerlo. No hay posibilidades para todos. Y no tiene que ver con nuestros sueños o ambiciones, sino con todo tipo de razones históricas y financieras. Entonces hay grandes números de personas a las que les dicen que sigan sus sueños, entonces estudian, se endeudan y luego no ganan el dinero suficiente. Es una receta para que algo pase.

Camas calientes

Has dicho que en el Reino Unido este descontento con relación al trabajo fue uno de los factores importantes que llevó al Brexit.

―Sí, porque ese voto vino en gran medida de comunidades desindustrializadas sin trabajo. Esas personas en esta situación económica muy precaria votaron Leave. No quiero sobre generalizar, yo he estudiado a las comunidades del sur de Gales. Pero el sentimiento es muy fuerte de no confiar en los gobiernos, ya sea locales, nacionales o europeos. “Ellos no nos escuchan, estamos olvidados, solo vienen cuando hay que votar”. ¡Y es verdad! Por todas las razones que hemos discutido, educarse y convertirse en “emprendedores” es lo único que se les ofrece. Y son personas con un bajísimo nivel educacional, ¡no van a ir a la universidad ninguno de estos días!

¿Y cómo creen los que votaron por el Brexit que dejar la Unión Europea (UE) los va a ayudar?

―Hay dos cosas que he escuchado: una añoranza del tiempo en que aún no se formaba la UE. Y, por lo tanto, de la posibilidad de reconstruir una estrategia industrial. Y la otra tiene que ver con la inmigración. Hay mucho resentimiento entre los trabajadores locales, que son orgullosos de su tradición de trabajadores industriales, porque vieron que llegaba gente para hacer labores que ellos habían hecho tradicionalmente. Lo otro es que hay trabajos con sueldos tan bajos que las multinacionales buscan a personas en una situación aún peor. Incluso hay piezas que se llaman “camas calientes”: hay trabajadores que comparten camas y uno trabaja el turno de día y el otro el de noche, entonces las camas están siempre calientes.

¿Qué rol jugó la extrema derecha?

―Avivó este descontento y deliberadamente apuntaron a estas comunidades: “Esto es lo que los migrantes y los musulmanes están causando”. Pero ellos pudieron hacerlo porque estaban escuchando. El Partido Laborista no estaba escuchando. Y eso le dio camino libre a la derecha para entrar. Sin embargo, si vemos eso simplemente como que la clase trabajadora se ha puesto más conservadora o es inherentemente fascista, sería un error terrible. Contemos una historia más compleja que incluya los temas que hemos hablado.

Working class girl

Has dicho que vienes de una familia de clase trabajadora. Acá está como out hablar en términos de clase. Todos creemos que somos de clase media.

―Hubo un tiempo en que en UK tampoco se hablaba, pero hoy en día está de vuelta, porque las divisiones son tan evidentes… Y allá también pasa eso, personas en puestos que tradicionalmente se hubieran entendido como de clase trabajadora se empiezan a definir como clase media. Así que el tema de la clase aún está en la agenda. Te voy a dar un ejemplo. Cuando empecé a trabajar como académica empecé a viajar a conferencias, que es lo que una hace. Y un día un primo me preguntó si había volado en el Concorde. Y yo no podía entender por qué me preguntaba eso. Hasta que me di cuenta de que para él y el resto de mi familia, mi vida era que andaba volando por todo el mundo dando conferencias, ¡entonces por qué no en el Concorde! No podía estar más lejos de su propia experiencia, no tenían idea de lo que significaba y esa era su fantasía. ¿Y qué hacía mi primo? Él iba cerca del aeropuerto y miraba cómo despegaban los aviones.

No entendía.

―Esta historia es muy indicativa de esa división de clase. Yo entré a una vida que ellos no entienden. Y sí, los hijos de mi primo estudiaron, su hija mayor es profesora. Pero la clase aún es importante porque tenemos trayectorias de pensamiento que están completamente polarizadas. Y que nos llevan a patologizar a los hombres de clase trabajadora, a quienes se les califica de poco educados, anticuados, racistas, sexistas, protofascistas. No quiero decir que esto no sea complicado, pero hay que entender su contexto histórico y el de sus propias vidas. Porque es demasiado fácil patologizarlos. Y yo a eso lo llamo clasismo. Otro término que hoy no se usa lo suficiente.

¿Cómo afecta ese clasismo a las mujeres?

―Hay toda una discusión sobre cómo la gente pobre no come correctamente y compra comida terrible y no cocina. Hay que tratar de imaginar lo que es cocinar para una familia donde todos entran y salen a diferentes tiempos haciendo todo tipo de cosas y tú estás cansada, ¿y qué haces? Antes de patologizar a estas mujeres hay que entender cuáles son sus condiciones. Hace poco estuve en una conferencia sobre pobreza en que se habló de un colegio en los valles del sur de Gales donde los padres estaban mandando a sus hijos al colegio y los niños se quedaban dormidos porque no habían comido lo suficiente. Entonces los padres empezaron a comprarles Gatorade, que no son baratos, para que llevaran al colegio. Y los profesores pensaban que era algo terrible y lo prohibieron. Pero yo dije que a lo mejor esos padres estaban buscando una forma rápida de darle energía a sus hijos, porque se supone que son bebidas energéticas. En el colegio no estaban viendo lo que esas familias estaban haciendo en una situación difícil en la que nadie tiene tiempo para cocinar propiamente tal. Yo creo que hay que entender los Gatorade como un intento de los padres de entregar algo que va a ayudar a sus hijos. Puede no ser la mejor estrategia, pero es una estrategia y tiene que entenderse así. Si queremos cambiar el peso que cae sobre las mujeres tenemos que mirar cómo están viviendo en el contexto de las familias como un todo, qué pasa en relación con la plata, al trabajo, a los hombres si es que los hay. Desde ahí se puede apoyar una posibilidad de cambio.

¿Esa disposición a observar y tratar de entender a las clases trabajadoras viene de tu propia experiencia?

―Sí. Yo enfrenté mucho el clasismo sobre todo cuando era estudiante. Todo tipo de pequeñas cositas como una vez que me ofrecieron clases de dicción, por ejemplo, “para que aprendiera a hablar bien”. Yo estaba en este mundo nuevo y lo único que podía hacer era tratar de mezclarme. O las feministas de clase media que decían: “Ay, estas mujeres de clase trabajadora, son demasiado femeninas, siempre usan vestidos y maquillaje”. Se patologizaba a las personas de mi origen… ah, me acuerdo y me dan ganas de llorar… Por eso tratar de entenderlos ha sido gran parte de mi carrera.

Cuéntame sobre tu infancia.

―Yo vengo de la mitad de Inglaterra, de un pueblo que se llama Derby. Tiene algunas industrias, entre ellas una división de Rolls Royce donde trabajaba mi papá y el de muchos. Éramos una familia normal, no muy políticos, no éramos tan pobres. Yo no pensaba que éramos pobres. Llegué a la universidad porque me fue bien en el colegio. Me di cuenta de que no muchas niñas de mi clase social avanzaban como yo y mirando a las chicas de clase media me dije: “No voy a dejar que les vaya mejor que a mí”.

Me imagino que no tuviste que pagar por ir a la universidad.

―No, en ese caso no podría haber ido. Yo nunca me endeudé y por eso estoy aquí hoy. Si no nunca me podría haber imaginado que iba a ser una académica.

 

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